La Montevideo de Paul Auster

Durante mis años de estudiante, pasé más de una noche sin dormir. La privación del sueño tiene varios efectos sobre nuestro organismo y es algo que puede ser tan revelador como devastador. Después de leer “La trilogía de Nueva York”, de Paul Auster, recordé un momento puntual de aquellos años.

Recuerdo caminar por 18 de julio, la principal avenida de Montevideo. Iba desvelado, a contramano de las convenciones sobre el sueño y de la multitud, que avanzaba en dirección contraria. En aquella masa anónima descubrí a un hombre que llegaba tarde a trabajar, a una mujer que buscaba zapatos baratos, a un estudiante perdiendo el tiempo, a un posible suicida estudiando locaciones, a un punga en busca de un transeúnte distraído, a un posible homicida ubicando su próxima víctima.

En mi somnolienta relectura del tiempo, observé cada una de las caras que se me cruzaron y entendí que podía asignar una historia a cada una de ellas. Estas caras existían, correspondían a personas con su individualidad y sus circunstancias, sus motivaciones y sus problemas. Sin embargo, estos temas me resultaron inaccesibles.

Estas personas, con todo su ser a cuestas, no existían para mí. Yo podía verlas, pero no conocerlas.

la trilogía de nueva york - paul auster

En “La trilogía de Nueva York” (1987), Paul Auster concibe tres historias independientes pero conectadas entre sí (“Ciudad de cristal”, “Fantasmas” y “La habitación cerrada”). Esta conexión está dada por la ciudad misma, un monstruo de “cielos bajos y calles caóticas, de blandas nubes y agresivos edificios” y por personajes que habitan en ella, personajes que son y no son los mismos. Este ser y no ser es una constante en el libro.

A lo largo de las tres novelas hallamos personajes que se descubren a sí mismos en otros, personajes tridimensionales cuyas identidades se funden (y confunden) en un ser que es y no es al mismo tiempo. Los protagonistas de las tres historias pueden conocerse a sí mismos, pero se muestran incapaces de conocer totalmente al otro, de franquear las barreras de la identidad de los demás, del mismo modo que puede sucedernos en la vida diaria.

De fondo, la ciudad de Nueva York. Una ciudad con calles pobladas de individualidades que se unen en la masa, en la que uno puede hallar a su doble en cualquier esquina y en la que es posible perderse ante la vista de todos, a plena luz del día. Para Auster, es la personificación del “ser” y “no ser”: Nueva York es el lugar donde uno puede existir y dejar de existir al mismo tiempo.

Qué se dice y cómo se dice

Más que lo que sucede, parece que a Auster le interesa cómo se cuenta lo que sucede. Le importan las palabras, qué dicen y qué no dicen. En este sentido, el autor no es el escritor homónimo que aparece con un rol secundario en “La ciudad de cristal”, sino el Peter Stillman (padre) de la misma historia, un catedrático psicópata con curiosidad lingüística insaciable, capaz de cualquier cosa por hallar una respuesta a sus interrogantes más profundas.

La narrativa de Auster se estanca de a ratos, particularmente en “Fantasmas”, pero su sentido del ritmo –especialmente en los diálogos- puede ser arrollador.

Las reflexiones sobre el lenguaje y sus implicaciones aparecen desde el comienzo mismo, desde ese intraducible cuestionamiento sobre el “private eye” (1) y sus múltiples derivaciones y lecturas, hasta la resignificación de un nombre propio a través de su reiteración en “La habitación cerrada”.

Si alguna vez repetiste una palabra tantas veces que pareció perder su significado, entonces entenderás lo que sucede en “La habitación cerrada”. Un nombre, una vez despojado de significado, puede significar cualquier cosa. Cualquier cosa.

Algo que me asombró es que, incluso en la traducción, cada palabra parece corresponder allí. Después de trabajar escribiendo y corrigiendo escritos ajenos, me resulta difícil dejar el hábito de querer corregir o editar al leer. Sin embargo no hallé, a lo largo de las tres historias, una sola frase que considerara necesario editar o reescribir.

Personajes y circunstancias

La construcción de los personajes está muy lograda, y es notable como en “La habitación cerrada”, Auster consigue perfilar a un personaje que permanece en las sombras la mayor parte de la historia a partir de las vivencias del narrador.

Quizás, y he aquí el único reparo serio que tengo para con este libro, haya momentos en que la mano del autor se note demasiado y algunas cosas se solucionen o se cierren sin mayores explicaciones. Es más una impresión que una idea definida, pero unos días después de la lectura se me hizo difícil borrarla.

Después de leer “La trilogía de Nueva York”, creo que es en esa ciudad donde Auster halló la posibilidad de “ser” y “no ser” al mismo tiempo. Pero creo también que lo mismo da que sea Nueva York, París o Montevideo. Que Daniel Quinn, Paul Auster, Peter Stillman (padre e hijo), Henry Dark, Fanshawe, Azul y Negro podrían existir y no existir, duplicarse y fundirse, encontrarse y extraviarse en cualquier lugar del mundo.

¿Quién sabe? Quizás te hayas cruzado a cualquiera de ellos hoy mismo.

Hasta la vuelta.

(1)    En inglés “private eye” significa “investigador privado”. La palabra “eye” (“ojo”) suena igual a “I” (“yo”).

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9 pensamientos en “La Montevideo de Paul Auster

  1. Me encanta como nos has llevado a través de tu impresión.
    Me gusta mucho Auster y los pensamientos que nos has dejado.

    Un abrazo, Pablo…

  2. Pingback: Angel Award, el premio de Ángel | Pablo Tassani

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