Ni una sola nube en el cielo (Segunda parte)

II

– ¿Recuerdas cuando te trajeron aquí? – preguntó.

– Sí, el 21 de junio del 2049 – dije – Era un lunes.

– ¿Y recuerdas lo que me dijiste aquella noche?

– “La noche es cómplice de los cobardes, de los pusilánimes. Los valientes, aquellos que se atreven a enfrentar su destino, no esconden su suerte en la oscuridad…”.

– “…abrazan al sol como a un viejo amigo” – dijo – Me sorprendió tanto que citaras a Deakins, que perdoné tu traducción.

La verdad es que no podía recordar ese día, porque no había pasado nada en particular que lo hiciera memorable. Él simplemente tomó la fecha y la cargó del simbolismo que le gustaba otorgar a todas las cosas. Lo de la cita sí era cierto.

Tengo por costumbre iniciar las evaluaciones y terapias parafraseando pasajes de mis autores favoritos y observando las reacciones de los pacientes. En este caso resultó que ambos compartíamos el gusto por Deakins, y en los momentos en que intercambiábamos citas era cuando lo veía más suelto y confiado.

De cita en cita, me había contado su historia. Me habló largamente de la aparición de la nave en el cielo, de la llegada de los seres que habían bautizado como Eternos, de todo lo que había aprendido a partir de eso, de cómo ese aprendizaje había dinamitado los cimientos de sus creencias.

Los Eternos, decía él, eran seres de luz, portadores de un mensaje de amor y transmutación que venían a redefinir nuestras concepciones sobre el mundo, la vida y la muerte. De vez en cuando, pensaba yo, sus argumentos eran tan convincentes que tenía que recordarme que trataba con un paciente psiquiátrico.

Esa tarde recorríamos por enésima vez el parque de la clínica, donde solíamos caminar y sentarnos a la sombra de los frondosos árboles que crecían en las colinas cubiertas de un brillante césped verde.

– Durante milenios nos hemos mirado erróneamente – dijo – Nos hemos pensado y organizado como especie en base a conjeturas sin fundamentos. Hemos muerto y matado convencidos de que los espejos nos devolvían seres hechos a imagen y semejanza de…

Pensó un segundo.

– Y resultó que todos los espejos eran cóncavos o convexos y nuestras concepciones, una farsa.

– Afortunadamente, su llegada nos ha ayudado a superar eso, ¿verdad? Creo que tiene usted razón, que la ha tenido todo este tiempo – dije.

Me miró con los ojos bien abiertos, desbordantes de sorpresa.

– ¿Quieres decir que…?

– Que lo he pensado. Que no puedo negar lo innegable para siempre, ¿o sí? Que quiero creer. Que creo. Que carece de todo sentido, de toda traza de cordura, el intentar ignorar algo tan real como usted y como yo, como este parque. Como la nave en el cielo azul. Como los Eternos y la pureza de su amor por nuestra especie. Aunque esta especie en particular se vea afligida por el flagelo de la alopecia.

Él rió y yo seguí con mi cháchara, sosteniendo mi nueva creencia. No fue difícil: simplemente repetí todas y cada una de las cosas que me había contado durante nuestras charlas anteriores. Dejé que creyera que estaba con él al cien por cien. Si nuestras sesiones iban a concluir pronto, pensé, no me iba a privar de ver qué tan lejos llegaba su locura.

Ni una sola nube en el cielo

Ni una sola nube en el cielo (Primera parte)

Ni una sola nube en el cielo (Tercera parte)

Anuncios

4 pensamientos en “Ni una sola nube en el cielo (Segunda parte)

  1. Pingback: Ni una sola nube en el cielo (Primera parte) | Pablo Tassani

  2. Pingback: Ni una sola nube en el cielo (Tercera parte) | Pablo Tassani

Me interesa saber qué pensás. Sí, eso también.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s