Un sueño de más

“Cuando nos despertamos del más profundo sueño, rompemos la telaraña de algún sueño. Y, no obstante, un segundo después es tan delicado este tejido, que no recordamos haber soñado”

Edgar Allan Poe, “El pozo y el péndulo”

Tengo un sueño recurrente, que no consigo arrancar de mis noches. Apoyo la cabeza en la almohada y sé que entraré en él en cualquier momento. A veces se presenta enseguida, otras cuando creo que ya no vendrá. Pero siempre lo hace. Abro los ojos.

Reconozco el lugar al instante. Estoy en el patio de mi escuela, sólo que donde antes había cemento gris han crecido dientes de león gigantes, tan altos como una persona.

Alrededor veo a mis compañeros de clase. Estamos demostrando habilidades y soy el último en hacerlo.

Sé que puedo volar. Lo he hecho antes. Entonces, convencido, lo anuncio a todos. Tomo carrera y salto con los brazos extendidos.

Sé que puedo volar pero no vuelo. Con un golpe fuerte aterrizo en un colchón de hierbas, donde nadie puede verme.

Abro los ojos.

Despierto en una habitación blanca, enteramente blanca. Me doy cuenta que no hay suelo ni paredes, que floto en la inmensidad blanca.

De pronto, todo el espacio se ilumina de diferentes colores hasta que una mancha negra se forma frente a mis ojos. Es cada vez más fuerte, más oscura.

La mancha se vuelve un cuadrado negro, de una negrura uniforme. Lo observo detenidamente. Sin despegar los ojos de él, siento como si aterrizara. En la oscuridad surge una silueta, difusa primero, inconfundible después.

Veo una ciudad plagada de rascacielos. Por el rabillo del ojo vislumbro una luz intensa, luego un brillo que me ciega.

Abro los ojos.

Estoy en lo alto de un edificio interminable, desde donde puedo ver toda la ciudad. Descubro cada una de las calles atestadas de vehículos, las ventanas de los apartamentos iluminadas y las figuras de los ocupantes recortándose al pasar.

Bajo la vista y ahí están mis pies, sobre una rejilla que comienza a ensancharse. Debajo, a muchos metros, quizás kilómetros, las luces de los coches alumbran el asfalto.

Escucho voces, adivino caras, percibo risas. Trato de identificarlas pero es imposible: la rejilla ya no me sostiene y caigo a través de ella. En mi caída, las luces, las caras, los coches y las risas se hacen uno.

Abro los ojos.

Estoy sentado frente a una computadora, leyendo sobre un tipo que sueña y despierta siempre en un sueño diferente. Pienso que quizás, eso sea la vida: transitar de un sueño a otro sin saber cuál es real, sin saber dónde despertaremos mañana.

Abro los ojosun sueño de más

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7 pensamientos en “Un sueño de más

    • Me alegro mucho que hayas disfrutado mis palabras. Hay muchos mensajes que nos llegan en los sueños, y éste fue para mí, uno de ellos.

      A seguir soñando entonces. Un abrazo.

Me interesa saber qué pensás. Sí, eso también.

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