Viejo

El viejo paraba en la esquina de casa. Lo había visto por primera vez en el barrio casi un mes atrás, medio escondido detrás de un contenedor. Apenas parecía tener fuerzas para mover las ruedas de su silla, así que avanzaba tan lentamente como un caracol.

De día frecuentaba la puerta de un supermercado. Se quedaba afuera, a la sombra. Con una mano se arreglaba la camisa mugrienta y con la otra, a duras penas, sostenía una botella de plástico rellena de vino. Un tipo pasó una vez y le gritó: “¡No tomes más, viejo!”. Pero nunca pareció acusar recibo de aquello.

A última hora de la tarde, antes que la noche se instalara del todo, llegaba hasta la esquina de casa y se doblaba sobre sí mismo. Echaba el tronco sobre las piernas muertas y se quedaba allí, inerte.

Debo confesar que el viejo me inquietaba. Más que eso, me ponía muy nervioso. Más. El viejo me aterraba por completo.

Un día no tuve más remedio que pasar por la entrada del supermercado. Me vio y comenzó a balbucear algo. Me dieron ganas de llorar. Caminé lo más rápido que pude y me alejé, ignorando el tartamudeo antes que dejara de ser ininteligible.

¿Tenía algún motivo para temerle? No. En lo más mínimo. Yo era joven, fuerte y sano, con un buen futuro por delante. No había nada que aquel tipo miserable pudiera hacerme.

Entonces, sin previo aviso, me asaltó una idea tan clara, definida y poderosa, que se me hizo una revelación.

El viejo me aterraba porque había algo en él que me resultaba extremadamente familiar.

¿Era que ya lo conocía?

Hasta que esa idea se presentó pensaba que no, pero en ese momento me di cuenta de que me negaba a aceptar algo tan increíble como innegable.

Yo era el viejo. El viejo era yo.

Por más loco que resulte, una vez que ese pensamiento rondó mi mente ya no pude borrarlo. Intenté, lo juro. Busqué desterrar ese delirio de mi vida de una y mil maneras, pero fue en vano.

Me tapé de trabajo.

El viejo apareció balbuceando entre unos archivadores.

Me encerré en mi casa.

Comenzó a irrumpir en mis sueños.

Visité doctores, psicólogos y psiquiatras. Les conté todo, excepto la idea sobre mi vínculo con el viejo. Quisieron que hablara con él, y les dije que era imposible. Dijeron que estaba proyectando las dudas que tenía sobre mi propia persona, que era temor por mi propio futuro, que debía trabajar con mi autoestima. Propusieron terapia, calmantes y antidepresivos.

Ante la posibilidad de humillarme con otra persona que contestaría a mis preguntas con otras preguntas, y de andar por la vida drogado hasta la médula, entendí que el sistema médico no iba a resolver mis problemas.

Entonces dejé de dormir. Durante varios días luché con todas mis fuerzas para no cerrar los ojos porque sabía que apenas lo hiciera iba a estar ahí: la cara negra de mugre, inundando todo con su perfume a vino y orina.

Finalmente, empecé a tomar. Si iba a verlo a todas horas, si estaba condenado a ver las manchas de tierra y suciedad de su cara hasta en los sueños, si tenía que asquearme hasta el vómito con su fragancia repugnante, ¿qué mejor que seguir su ejemplo y beber hasta el desmayo?

Sí, ya sé. Dedicarse a la bebida no es la forma más inteligente de evitar convertirse en un alcohólico. Pero yo no podía dejar de pensar que al ser la misma persona su destino y el mio estaban tan unidos que, por mucho que lo intentara, cualquier cosa podía llevar mi existencia a ese abismo. Quizás algo tan mínimo, tan cotidiano, como perder un ómnibus o llegar cinco minutos tarde a cualquier lugar.

Si éramos la misma persona, si sus/mis/nuestras elecciones lo/me/nos habían llevado hasta ahí, ¿tenía sentido intentar evitarlo? Entonces no pude enfrentar este tipo de preguntas y ahora supongo que debería haberlo hecho. Pero uno siempre cree saber lo que tendría que haber hecho veinte años atrás.

Borracho como andaba por la vida, me quedé sin trabajo. Sin trabajo, me quedé sin dinero. Sin dinero, me quedé sin la mayoría de las personas que pululaban alrededor mio llamándome “amigo”. Las demás, bueno, trato de no recordar lo que les hice, pero como me es imposible elijo no contarlo.

Cometer todos estos errores me llevó solamente un par de años. En todo ese tiempo, nunca tuve el valor de hablar con quien me había condenado.

Vi al viejo por última vez una tarde invernal, glacial, justo antes de caer la noche. Deshidratado y desnutrido, empujar la silla le exigía un esfuerzo imposible, por lo que casi no se movía de la esquina.

Lo observé un largo rato desde la puerta de casa. Logré entrar antes de que se volviera hacia mí.

Al día siguiente ya no estaba; escuché a unos vecinos decir las palabras “muerto” y “frío” en la misma oración y no recuerdo más.

Durante los últimos meses, mientras me tomaba todos mis ahorros, había trabado amistad con los dueños de un par de bares, unos boliches de cuarta. Los días siguientes fui de uno a otro, tirando las últimas monedas que me quedaban, pidiendo fiado y reventándome el hígado.

Cuando descubrieron que no podía saldar las deudas que había contraído, uno de ellos decidió reconsiderar su relación conmigo y me reventó la cabeza con un fierro. Afortunadamente, perdí la conciencia antes del resto de la paliza.

Mis recuerdos posteriores son pocos y borrosos.

Despierto en un hospital. Huele a yodo y desinfectante. Una enfermera corre las cortinas. Me pasan suero por una sonda. Viene un doctor y me habla. “No volverá a caminar”, dice. Su rostro no muestra la menor expresión.

Aprendo a usar una silla de ruedas, a sobrellevar las consecuencias de esa noche de copas. A veces no puedo evitarlo y me orino encima. Sé que huelo mal; con mucho gusto me daría un baño, si tuviera uno.

Básicamente, esa es mi historia. El resto ya lo conoces. Paso los días buscando algo de comer, tratando de hacer unos pesos. Mi lugar favorito es la puerta del supermercado donde me viste hoy: siempre hay quien se compadece de mí y me deja algo, aunque no lo pida.

También encontré una esquina en la que puedo dormir sin empaparme cada vez que llueve. Hace frío en invierno, pero el vino se encarga de eso; es un socio infalible.

Sólo una cosa más. Hace poco apareció en el barrio un tipo joven, quizás lo hayas visto. No recuerdo haberlo conocido antes pero, no sé por qué, me pone nervioso.

No. Más que eso.

Me aterra.

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12 pensamientos en “Viejo

  1. Para pensar en la fragilidad de la mente, pero también en la delgada línea que nos separa de nuestro futuro….. recién eramos presente.

  2. Tiene algo inquietante, pero creo que se ve venir la “reacción” del protagonista y el final está bien encontrado, incluso por la repetición de las expresiones del principio. Yo no terminé liceo, leo mucho, tengo 70 años y hace casi 30 que estoy intentando escribir.Me recuerda a Cortázar.Me gustó.

    • Muchas gracias por los comentarios y los halagos, Mirtha. Demasiados halagos para mi gusto 🙂

      Si hallaste ese “algo inquietante”, mi misión está cumplida. Espero tener la oportunidad de leer alguna de tus creaciones. Saludos.

  3. Creo al leer tu cuento, que estás mirando a tu alrededor, y viendo ésos jóvenes que hacen cama en cualquir umbral, y viven de lo que encuentran. Cada día son más y la ciudad deja en su desidia, miles de esquinas como la descripta.
    En ése círculo, del que se fué y el que llegó, hiciste tu espléndida historia.
    Me encantó que fueras uruguayo, creo que montevideano el que entrara a mi Blog. Ahora que te he leído, voy a entrar a tu sitio muy seguido. Te deseo lo mejor.
    Hasta pronto.
    Stella.

    • Stella:

      Muchas gracias por leer y comentar. Coincido contigo en tus apreciaciones, nos acostumbramos a convivir con una realidad que no debería ser tal.

      El viejo “original” es de verdad, uno de los tantos que deambulan por ahí sin que nadie sepa de dónde viene o dónde va, cuál es su historia o cuáles eran sus sueños. El resto es una combinación de miserias propias y ajenas pasadas por el tamiz de la ficción.

      Sigo descubriendo tu blog, que me pareció muy interesante. ¡Saludos!

  4. Hola Pablo,
    Un relato tremendo y estremecedor. Hay huidas necesarias pero terribles. Muy bien escrito, sí.
    Gracias por pasarte por mi blog. Con tu permiso… te sigo.
    Un abrazo…

Me interesa saber qué pensás. Sí, eso también.

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