La casa en orden

Terminé de lavar los platos y miré los cubiertos que reposaban sobre un trapo en la mesada. Comencé a secar un cuchillo y me detuve a contemplar mi reflejo distorsionado.

Siempre me fascinó la capacidad de las superficies reflejantes para transformar las cosas tal y como las conocemos. No se trata de una determinación consciente del objeto, sino de una condición inherente a su naturaleza. ¿Sabe el cuchillo que devuelve una realidad que no es? ¿Lo saben los espejos? No, y creo que si lo supieran no dejarían de hacerlo.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que las campanas de una iglesia cercana me sacaron del trance en el que me había sumergido. Sequé rápidamente el resto de los cubiertos y los guardé donde la dueña de casa solía dejarlos: un cajón en el que había pintado, de la forma más delicada que le fue posible, un tenedor y cuchillo.

Sonreí. Con una mirada al apartamento quedaba claro el cariño que le había puesto a su hogar, las horas que había pasado pensando y planificando el lugar de cada cosa. Admiré el detalle del cajón y anoté mentalmente la idea.

Me considero una persona ordenada. Si tuviera que asignar un propósito a todas y cada una de mis acciones, sería lograr un equilibrio. Es cierto que de joven el orden estuvo lejos de mis prioridades, pero ¿quién no confunde lo esencial en su juventud?. Pensé en estas cosas mientras alisaba el mantel de la mesa del comedor.

Repasé mentalmente el apartamento. Como sé que no hay casa en orden sin una cama tendida, había comenzado por el dormitorio. Luego había limpiado el baño a conciencia para pasar a la cocina y finalizar en el comedor. No quise vanagloriarme, pero algo me decía que la dueña de casa estaría orgullosa de mi trabajo.

Me disponía a retirarme cuando el sonido de unos pasos en el pasillo me congeló. Quien estuviera allí afuera aminoró la marcha al llegar a la entrada del apartamento, por lo que esperé que en cualquier momento golpeara a la puerta. O algo peor. Inhalé profundamente, contuve la respiración y agucé el oído.

Identifiqué el ruido inconfundible de un juego de llaves al salir de un bolsillo y sentí cómo se me tensaban los músculos del cuello. Entonces el dueño de los pasos reanudó su camino. Exhalé y me embargó una sensación extraña, muy cercana a la desilusión.

Esperé unos minutos antes de acercar un ojo a la mirilla. No vi nada, lo cual sin duda era una buena señal. Permanecí así un largo rato, esperando que en cualquier momento se encendieran las luces del pasillo, hasta que decidí que era hora de irme.

Abrí la puerta lentamente y salí. Al girarme para cerrar dirigí una última mirada a la mujer que solía vivir en aquella casa. El corte en su cuello semejaba dos labios rojos.

Cerré la puerta tras de mí, y el silencio y la oscuridad lo llenaron todo.

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17 pensamientos en “La casa en orden

  1. Colega, me hizo recordar que soy maniática de la limpieza y el orden y mi casa siempre está como si esperara visita… Que, por cierto, no quisiera que se tratara de esa “mujer que solía vivir en aquella casa”… Felicitaciones! Buena narrativa.

  2. Pingback: Visitas, intenciones y palabras | Pablo Tassani

  3. Pablo tu texto tiene una impronta muy personal. Me ha gustado mucho el juego narrativo en torno a la descripción de los hechos cotidianos y el final que parece subrayar la letanía monótona y la oscuridad de los mismos.
    Gracias por compartir, Saludos, Aquileana 🙂

    • Gracias a ti por leer y, además, comentar. Me encanta descubrir las diferentes interpretaciones que pueden hacerse de un único texto.

      Me paso por tu blog a refrescar mis escasos conocimientos de filosofía.

      ¡Saludos!

Me interesa saber qué pensás. Sí, eso también.

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