Un tranvía llamado Deseo

Lo admito: no leo tan a menudo como quisiera. Y para alguien que gusta de sentarse a escribir, es una aberración. Leer es fundamental. Una buena lectura enriquece el alma, donde sea que ésta esté, e inspira incluso a las mentes menos alumbradas.

“Ya han aparecido en el mundo cosas como el arte… como la poesía y la música! ¡En algunas personas han empezado a nacer sentimientos más tiernos! ¡Tenemos que acrecentarlos! ¡Y aferrarnos a ellos, y retenerlos como nuestra bandera!”

Hace escasas horas acabo de terminar “Un tranvía llamado Deseo” (“A streetcar named Desire”, 1947), la famosa obra del estadounidense Tennessee Williams (1911-1983) y creo que es de esas lecturas que vale la pena recomendar. Incluso si, como a mí, te resulta imposible imaginar la casa en la que transcurre la acción (acepto con escasa dignidad mi pobreza interpretativa).

“Un tranvía llamado Deseo” (Ed. Losada, 1951).

¿La trama? Una pareja de Nueva Orleans, Stanley Kowalski y Stella DuBois, recibe la visita de la hermana de ella, Blanche DuBois. Acostumbrada a una vida aristocrática, rodeada de lujos, la buena de Blanche llega al modesto apartamento de los protagonistas tratando de escapar de un pasado que lentamente se irá develando, en un juego de ilusiones y realidades, mentiras y verdades que ponen de cabeza el mundo -de todo menos idílico- de la pareja.

Considero conveniente aclarar a los no iniciados que, a pesar de mi descripción cuasi jocosa, “Un tranvía llamado Deseo” no es una comedia. Por el contrario, es un drama duro en el que Williams aborda, de una forma cruel y descarnada, una serie de tópicos de una actualidad tal que asombra.

La caída del sueño americano, la colisión entre el mundo del proletariado y la burguesía agonizante, el rol de la mujer en la sociedad de posguerra, el condicionamiento social, el alcoholismo, la negación y el “estigma” de la homosexualidad, el círculo vicioso de la violencia doméstica. Estos son sólo algunos de los temas que el autor desgrana a lo largo de páginas que se leen de un tirón; incluso con las anotaciones propias de una obra teatral.

Es que “Un tranvía llamado Deseo” es una obra universal, que tiene lugar en Nueva Orleans pero que bien podría suceder en Tokio, en Madrid, en Ciudad del Cabo o en Montevideo, y eso explica su éxito a través del tiempo y la distancia geográfica. Incluso en una sociedad ideal, en la que erradicáramos todo tipo de discrepancias, violencia y excesos para convivir en paz y armonía, “Un tranvía llamado Deseo” funcionaría como un ejemplo de lo que podemos llegar a ser, y lo que no debemos ser. Tan reales, tan humanos son los personajes a los que Williams da vida.

La edición que tuve la oportunidad de leer incluye dos obras cortas del mismo autor: “Lo que no se dice” (“Something unspoken”, 1958) y “De repente, el último verano” (“Suddenly, last summer”, 1958), también absolutamente recomendables; la segunda con momentos de un vuelo poético envidiable. “Lo que no se dice” es un título que lo resume todo: Williams logra dos piezas en las que la fuerza de lo implícito es abrumadora, al punto de que lo que se manifiesta entre líneas se convierte en un personaje más.

Da para escribir mucho más acerca de “Un tranvía llamado Deseo” o las restantes obras a las que he hecho mención, no cabe dudas. Pero mi objetivo hoy era contarte que existe esta obra, que no es ningún cuco y que si le das una oportunidad te va a quedar grabada en el bocho por un rato. Y es un grabado que vale la pena.

Hasta la vuelta.

Anuncios

Me interesa saber qué pensás. Sí, eso también.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s