Dícese del karma

Llevaba ya largas horas en aquel corredor estrecho, rodeado de sus compañeros de encierro. Bajo el sol abrasador del mediodía, no había nada más que hacer que esperar que aquello pasara de una vez.

Al contrario de los demás, permanecía en silencio, pensativo. Hacía tiempo que anticipaba esta resolución y sabía que no habría marcha atrás. De nada servía luchar, quejarse, gritar. Cualquier acto de resistencia era inútil.

Los tablones de madera crujían bajo sus pies cada vez que se movían. El aire estaba inundado de un olor inconfundible, casi insoportable; una mezcla de sudor, orín y heces. Él ya conocía esa fragancia: olía a miedo. A desesperación.

En su mente ya no quedaba lugar para ésas sensaciones. Las había expulsado meses atrás, en el preciso momento en que su existencia pacífica cambió para siempre. Justo cuando sus carceleros así lo decidieron.

Sus captores eran seres especiales, sin duda. Para ellos, su tortura era un paso más en un proceso. Un proceso minuciosamente planificado. Años de estudio e investigación para obtener la victoria y poner en funcionamiento una línea de producción eficiente.

Después de varios meses de cautiverio, todos los prisioneros habían aumentado de peso. Los habían engordado a conciencia, dándoles de comer a todas horas. Confinados en espacios ínfimos, obligados a compartir noche y día codo a codo, no tuvieron otra opción más que comer, comer y volver a comer.

El alboroto repentino lo sacó del sopor. El momento había llegado.

Comenzaron a avanzar, empujándose y tropezando los unos con los otros. Los que intentaban retroceder eran empujados violentamente hacia adelante, en una cadena sin principio visible, en un camino de un único y aterrador sentido.

A medida que llegaban al final del corredor, la desesperación de sus compañeros aumentaba más y más. Todos luchaban. Todos se negaban a seguir. Pero todos seguían. La línea de producción estaba diseñada para eso.

Siguió avanzando, ajeno al escándalo que lo envolvía. Levantó la mirada y se llenó los ojos de sol, de cielo azul, de nubes que sonreían desde lo alto. Sintió pasar el recuerdo de su vida anterior y en un segundo revivió las tardes de campo. Las noches estrelladas. Los baños en el arroyo. Las temporadas de esquila. Los asados con los compañeros de la estancia.

Más allá, más adelante, las quejas perdían intensidad. No. Era más que eso, pensó. Se apagaban.

El sol, el cielo y las nubes desaparecieron. Antes de entrar al matadero, pensó en la ironía de la situación. Sabía que en otras circunstancias hubiera acabado con miles de sus captores con sus propias manos.

Pero claro, la revolución de las vacas era algo en lo que nunca había pensado.

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3 pensamientos en “Dícese del karma

  1. Pablo, destinos de internet que me han traído a ésta tu casa y por aquí me quedo.
    Buen relato, con una idea original y el sentido de la revolución en un cierre de impacto,
    Te sigo a partir de ahora y si te apetece echa un vistazo a mi blog, ambos caminamos por rutas parecidas de la narración.
    Un saludo

    • “Destinos de Internet” es, sin duda, un gran nombre para una historia, a ver si sale. Muchas gracias por tu lectura y tu comentario, ya agregué tu blog a mis favoritos para seguir descubriendo tu trabajo, que me ha parecido interesantísimo. ¡Saludos y bienvenido!

  2. Pingback: Visitas, intenciones y palabras | Pablo Tassani

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