El domingo de la abuela

Abrió los ojos y el sol de la mañana la acarició. La luz había ido colándose de a poco hasta atropellar por la ventana e inundar la cama. Entonces se sintió flotando, como salida de un sueño hermoso que no recordaba haber tenido. Se dijo que podía quedarse ahí para siempre.

El estómago se le estrujó y la sacó del trance matinal. Habían pasado muchas horas desde la cena y sabía que si quería desayunar debía apresurarse. Se levantó con un esfuerzo sobreactuado, se vistió como de costumbre, tomó su bolso y salió a la calle.

Apenas abrió la puerta sintió un suave perfume a jazmín. Aspiró y dejó que aquella fragancia, todavía incipiente en la primera mañana primaveral, inundara sus sentidos. El jazmín siempre le traía recuerdos hermosos. Recuerdos de sus padres. De sus hermanos. De la vida en el campo.

Dio unos pasos y aquel aroma a inocencia se vio súbitamente avasallado por un inconfundible olor a panadería que le comprimió las tripas. Decidió que era hora de ponerse en movimiento.

Comenzó a recorrer las cuadras que la separaban de la parada del ómnibus con toda la rapidez que sus piernas le permitieron. Ya no podía andar tan rápido como antes. Reuma, artritis, artrosis, gota. Que lo llamen como quieran, pensó, el tema es que el cuerpo ya no le respondía como ayer aunque hoy lo necesitara tanto o más que entonces.

Anduvo. Paró. Repitió la dinámica varias veces hasta que llegó a destino. A aquella hora la calle estaba casi desierta. Jóvenes que volvían de bailar y parejas con sus respectivas bolsas de bizcochos componían el escaso tránsito de la mañana. Esperó paciente, relojeando el panorama, ignorando el puño de hierro que le apretujaba el vientre.

Cuando el ómnibus finalmente apareció, metió la mano en el bolso y revisó mentalmente el contenido. Uno, dos, tres, cuatro pares. El coche se detuvo. Subió con dificultad, deseando que alguna vez parara sobre la vereda, porque cada vez le costaba más bajar y subir aquellos escalones endemoniados.

Saludó al conductor con una inclinación de cabeza. El ómnibus arrancó de golpe, antes de que pudiera agarrarse. Trastabilló por el pasillo semivacío antes de iniciar su rutina.

“Señoras y señores que hacen uso de este medio de transporte, tengan todos ustedes muy buenos días…”.

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4 pensamientos en “El domingo de la abuela

  1. Me llama la atención el contraste entre lo agradable de la atmósfera primaveral matutina y la dificultad para andar, subir al autobús y mantenerse, signos todos de hallarse en el otoño de la vida. Es un interesante pellizco de realidad, sencillo paro de gran enjundia. Saluds(os).

    • ¡Hola! Muchas gracias por tu comentario y por tomarte el tiempo de leer mis palabras. Creo que si he logrado trasmitirte esas imágenes, mi objetivo está cumplido. Intentaré continuar pellizcando la realidad y estaré atento a tus publicaciones, a ver si logro aprender algo de lo que he visto que tienes para compartir. ¡Saludos!

  2. Pingback: Visitas, intenciones y palabras | Pablo Tassani

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