Facebook: alimentando al monstruo

Recuerdo cuando oí hablar de Facebook por primera vez. Uno, ya acostumbrado a las salas de chats que tanto éxito tuvieron a finales del siglo XX y comienzos del XXI (sí, ya ha pasado un siglo), esperaba encontrarse algo similar; sin embargo, cualquier expectativa se vio rápidamente superada.

Como tantos otros, abrí mi cuenta por simple curiosidad. En aquel entonces (por 2008), Facebook no era el terror de los empleadores que es hoy en día: en general, la idea de que un sitio pudiera ser censurado me resultaba extraña. Muchas cosas han cambiado desde ese momento.

A medida que sumaba nuevos amigos a mi lista de contactos y comenzaba a descubrir los juegos y aplicaciones, entrar en Facebook se fue convirtiendo en parte de mi rutina. Al igual que millones de personas, comencé a jugar y a compartir estados, fotos y enlaces, en una gran comunidad que parecía orientada simplemente a eso: compartir.

Cambia, todo cambia

De a poco el sitio comenzó a dar muestras de un cambio. Las publicidades comenzaron a tomar más notoriedad, al punto de volverse molestas. Las publicaciones sugeridas empezaron a entorpecer la lectura de la página de inicio (al igual que las fotos prefabricadas que tantas personas comparten de un modo adictivo).

En términos poco académicos, me invadió la noción de que Facebook se vendió. Que dejó de ser un punto de encuentro y descubrimiento para transformarse en una máquina gigantesca que no cesa de acumular información (la mayor parte de las veces entregada por los mismos usuarios) para uso propio, para obtener un rédito económico.

Es cierto, Facebook es una empresa privada. Siempre lo fue. Como la mayoría de las empresas privadas (por no decir todas), su objetivo es hacer dinero. Quizás la cuestión sea que, en este caso, las ganas de producir beneficios se notan demasiado y, personalmente, no me agrada sentir que están facturando conmigo, incluso cuando sé que lo están haciendo.

Ahora leo que los responsables del sitio planean establecer un sistema de valoración de comentarios, de modo que los comentarios con más “Me gusta” aparezcan por encima de los demás y los que sean más ignorados queden por debajo. Por el momento, la idea es que esta modalidad esté limitada a las páginas y no a los perfiles individuales.

Aunque desde Facebook argumentan que el motivo es promover contenido interesante y que atraiga a los usuarios, es imposible no dudar de las nobles intenciones del equipo de filántropos altruistas encabezado por Mark Zuckerberg. Además de preocuparse acerca de la forma en que esto afectará la coherencia de las conversaciones, algunos internautas ya han sugerido que se trata de una estrategia para instalar los comentarios sugeridos (pagos).

Algo resulta obvio: Facebook ha cambiado. No hay duda de que la cotización del sitio en la Bolsa de Valores y la estrepitosa caída del valor de sus acciones tiene algo que ver (si no todo). Mark y sus amigos necesitan justificar los escandalosos 38 dólares que costó cada acción el primer día en el mercado bursátil. En estos días se levanta el tercer bloqueo que impedía a determinados poseedores de acciones vender sus títulos, por lo que el valor de éstos (que descendió un 50% desde la salida a la Bolsa) podría caer aún más.

¿FB o no FB?

Las nuevas generaciones (o aquellas personas menos quisquillosas) podrán tolerar la avanzada publicitaria, pero a mí me está molestando bastante. Es claro que el sitio no es una institución de beneficencia, pero la intención de lucro se me hace más evidente que en años anteriores y, como he dicho, no me agrada que me presionen para comprar algo o que me utilicen para lucrar.

A juzgar por lo que leo en la red, no soy el único molesto con los cambios que se vienen implementando en Facebook. ¿Por qué lo seguimos utilizando entonces? Voy a dejar esta pregunta sin respuesta por el momento para centrarme en otra: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a ceder como usuarios?

¿Hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar que las publicaciones sugeridas, los contenidos promovidos y los banners publicitarios sean parte de nuestra vida? Digo, demasiada publicidad hay ya en el “mundo real” como para ingresar voluntariamente a un sitio donde nos van a saturar a anuncios.

El monstruo vive online

¿Podemos dejar de usar Facebook? Tengo amigos que no tienen cuenta ni intenciones de crearla y que han permanecido impávidos ante mis sugerencias de entrar en ese mundo. Hoy, a la vista de estas modificaciones, creo que algo de razón tienen en mantener su posición y tengo claro que entrar en Facebook es algo que no recomendaría.

También tengo claro que el sitio superó los 1.000 millones de usuarios. Es decir, 1.000 millones de personas, empresas, instituciones y todo tipo de organizaciones sociales tienen una cuenta y la utilizan a diario para acercarse a sus clientes, promover sus productos y servicios y construir su imagen de marca. Hoy vemos sin sorpresa como marcas de renombre mundial dejan de promover sus sitios para dedicarse a publicitar sus páginas en Facebook (y Twitter, que es tema para otro post).

Cada vez que alguien crea una nueva cuenta, o que ingresa a revisar sus notificaciones y chusmear las fotos de sus amigos, conocidos o víctimas potenciales, se reafirma la vigencia de esta propuesta. ¿Queremos seguir alimentando este monstruo que hemos creado?

Por mi parte, tengo cuenta y entro por morbo. Lo acepto. Por curiosidad, para ver qué piensan los demás, qué comparten, qué opinan. Para formar parte. Entiendo el potencial del sitio como medio de comunicación pero me desagradan las implicaciones morales de navegar en él, el enorme poder que les otorgamos a sus responsables de forma tan consciente como descuidada.

Para mí, entrar en Facebook califica como placer culpable. Sé que estoy alimentando a un monstruo, pero pienso que mientras no me coma voy a estar bien. Si el día de ese evento finalmente llega, probablemente sea de la misma manera que llegan todos los eventos en FB: con una invitación que jamás voy a leer.

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2 pensamientos en “Facebook: alimentando al monstruo

  1. Muy buen artículo. Sucede de todo con el fenómeno “FB”. También depende de cómo lo uses. Yo también por novedad abrí la cuenta en el año 2008. Claro que antes tenía blogs, para difundir literatura. También participaba en debates en foros, y afines. Como yo publiqué un libro en 2012 sin editorial, decidí aprovechar la red social para difundirlo. (Así como ininterrumpidamente hice “Notas” desde 2009 a 2012, las hacía todos los días). Hasta mediados de 2013, tenía más o menos unos 700 contactos. A la mayoría no los conocía, pero como era para difusión, o autopublicitarme, no me importaba. Todo luego se me descontroló. Al comenzar a dar a conocer más otros e-books que tengo, comenzó una vorágine de que todos los días iba teniendo “solicitudes de amistad” a granel. Y entonces tomé la decisión: “Abrir el muro”, es decir, aceptar a todos. Rápidamente llegué a casi 5000. Tener 5000 personas que están leyendo lo que uno postea es bastante estreante. Tenés que ser muy cuidadoso con tus opiniones, (a mi me gusta hacer columnas de política, también). Tanto con los posteos como con la interacción en los comentarios. Caí como en una especie de adicción, y creo que Facebook en el fondo genera cierta adicción. De todos modos, si uno tuviera que difundirse o editarse sin estas “bondades” de la tecnología, sería casi imposible. Un ebook mío de humor llegó a alcanzar las 26.000 descargas a lo largo de todo el mundo. A veces me digo que qué tranquila era la vida antes de Facebook. Y, como tú, también tengo amigos que no quieren saber de nada con la herramienta. Sea como sea, a mi me sirve. Sin embargo, paradójicamente me siento como “en la vidriera”, y es bastante estresante. Creo que se trata de encontrar un punto de equilibrio. Yo no uso aplicativos del Facebook, no juego. Tengo varias columnas escritas, incluso una de humor sobre los distintos tipos de “fesibuqueros” que uno se puede encontrar.

    • En primer lugar, gracias por la visita y el comentario. Me hiciste leer otra vez esta entrada 🙂

      Coincido plenamente en muchas cosas. La “vidriera” de las redes sociales nos facilita mucho el acceso al público, a lectores de todo el mundo que de otra manera no alcanzaríamos. De la misma forma, la exposición es muy estresante.

      Creo que el -muy necesario- equilibrio pasa por lo que decís, por no caer en las aplicaciones (por ejemplo) y por saber elegir las batallas, que en Internet las hay y muchas.

      Gracias de nuevo por pasar, nos leemos pronto.

Me interesa saber qué pensás. Sí, eso también.

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