La segunda semana

Acabo de ingresar en la segunda semana de mi plan de entrenamiento y las cosas comienzan a hacerse un poco más complicadas. Mis sesiones de deporte son una combinación de caminatas y trotes, y esta semana debo reducir el tiempo de las caminatas y aumentar las series. Mi cuerpo comienza a darme señales, lo que me hace pensar en algunas cosas interesantes (al menos para mí, claro).

Nuestra capacidad de adaptación es una característica maravillosa, que solemos tomar a la ligera. Parece que generalmente le damos más importancia al miedo a los cambios que a pensar cómo vamos a adaptarnos a ellos. Grave error.

La realidad es una ficción. Lo que conocemos como nuestra realidad no es más que una construcción, un escenario que armamos para vivir con cierta seguridad y no pensar en temas tan inherentes a nuestra condición humana, como el envejecimiento, la soledad y la muerte. Sin embargo, el mundo gira ajeno a la ficción que inventamos para sobrevivir en este sistema y cuando nos afecta, no hay forma de ignorarlo.

Algunos cambios son controlados. Yo sé que mi plan de entrenamiento requiere que enfrente desafíos mayores, que aumente las series, que corra más y que sufra más, pero tengo conciencia de ello. Si me atengo al plan, si me cuido y mantengo la voluntad con la que inicié, es posible que logre cumplir con mi objetivo. Mientras tanto, siento que mi cuerpo comienza a responder de otra manera a los estímulos, que mis músculos se tonifican y mis pensamientos fluyen con más claridad.

Otros cambios son imprevistos y están fuera de nuestro control. Estos cambios nos pegan cuando nuestra ficción transcurre plácidamente, cuando sentimos que todo marcha bien y nos acostumbramos a la calma. Es claro que nos adaptamos de forma más fácil y rápida a las cosas buenas, y es por eso que cuando la tempestad golpea nos sentimos tan descolocados, tan indefensos. Estos cambios generalmente incluyen pérdidas: perdemos una oportunidad, un trabajo, una persona querida.

Una pérdida, una oportunidad

Recientemente experimenté una pérdida. Una pérdida importante, de un trabajo en el que tenía depositadas muchas expectativas. Aunque el final estaba dentro de las posibilidades (todo emprendimiento comercial puede irse a pique antes de lo que se piensa), no era un objeto frecuente de mis pensamientos. Sin embargo, de un día para otro debí afrontar esta realidad y, para mi sorpresa, lo tomé con calma.

No soy rico. No tengo una cuenta en el banco con millones de dólares ni una familia de abolengo que financie mi estado de desocupado part-time. Pero por primera vez, en mucho tiempo, reconocí que con cada crisis viene una oportunidad: la oportunidad de tomar las riendas de nuestra vida, de tomar nuestras propias decisiones y elegir qué queremos hacer. Me di cuenta que esta frase tan hecha que acabo de tirar es cierta: que cada cambio, que cada sacudón de la tormenta abre una ventana que debemos aprovechar.

En mi caso, decidí comenzar por tomarme un tiempo para mí. Por salir a correr, por escribir este blog. Decidí buscar qué es lo que me gusta y seguir por ese camino. Se han dado las condiciones para que así fuera, es verdad, pero pienso que podría estar haciendo cualquier otra cosa. Decidí no dormir hasta cualquier hora, no sentarme a llorar por mi mala suerte, no culpar al mundo por lo que me pasa. Decidí hacerme cargo de mis propias decisiones (y este es un lindo tema para un post completito).

Un nuevo capítulo

Una vez que el cambio se produjo, nuestra ficción ya no vuelve a ser la misma. Por más que nos gustara, por más que nos hubiéramos acostumbrado a las cosas de todos los días, que quisiéramos seguir eternamente el mismo camino todos los días. Nuestro mundo se altera y ya no podemos reconstruirlo.

Reitero, nuestra capacidad de adaptación es una característica maravillosa. Los humanos la hemos mantenido a pesar de muchas cosas, de la comodidad del mundo moderno, de la globalización, del consumismo. Algunos la tenemos más o menos entrenada o desarrollada, pero todos la llevamos dentro. Ejercitarla debería ser algo casi obligatorio.

Los cambios controlados pueden ayudarnos a afrontar mejor los imprevistos. No nos preparan para lo impensado (nada lo hace) pero sí pueden sernos de mucha utilidad para practicar la adaptación, para reconocer las oportunidades y aprovecharlas. Es sólo una idea, la comparto contigo para que podamos desarrollarla juntos si querés.

Mi incipiente entrenamiento es parte de este experimento que estoy desarrollando, de esta etapa de descubrimiento que avanza -de momento- impulsada más por la motivación que genera cualquier actividad nueva que por principios claramente definidos, pero con ganas, muchas ganas. Es también una forma de abrir un nuevo capítulo en mi ficción, al igual que este blog, que cada palabra que vuelco y volcaré en él.

Te invito a que observes tu ficción. ¿Qué te gustaría cambiar? Pensalo y me contás, quizás podamos cambiarlo juntos.

Hasta la próxima.

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  1. Pingback: La chispa adecuada « Pablo Tassani

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